Un pequeño momento, donde se
inicia cualquier relato, hay una pausa para conocer el porqué del hecho, pero
solo este no tiene relevancia, se hace por intuición por que el cuerpo lo
exige, que ande entre vías de madrugada, recogiendo los rastros de las personas
que estuvieron horas antes delimitándose por la comida, el licor y obsesiones
que dejan caer al suelo, pero mi personaje colecciona cada objeto trata de
darse por imaginativo y crea pequeños muñecos que a la sombra del sol enseñan
otras caras, muestran la forma más humana que se esconde en el desperdicio y en
la poca belleza que expele el sabor de descubrir.
El encontrar y armar, crear y
fascinar con muñecos, escenarios y títeres con el fin de acompañar, encantar
con sus formas, como si bailarán sin forma, se encarnan en este coleccionista
que cautiva a los llantos ajenos, a las miradas perdidas, él los regala a los
abandonados, y a los necesitados son vendidos,
pues no es mejor respuesta a las
personas que viven del ansiar.
Genera un desfile por donde pasa,
pues acumula algunos como soldados que marchan al son de tarareos que se levantan
los brazos al oír su voz, son estos títeres que hacen función a los que han perdido
la esperanza en algún sitio y lo desean abandonar sobre un trozo inerte de
madera y basura pintada, donde sus ojos inexpresivos enmarcan un movimiento que
rescata algún recuerdo alegre, alguna sensación olvidad por el pasado.
Este carpintero de escenarios fantásticos, donde
todo se vuelve un mismo movimiento un misma caricia pues al sentir estas
pequeñas figuras moverse, colecciona es las sensaciones que la gente había
olvidado y por eso cada vez que cambia de sitio plasma en cada muñeco un rostro
nuevo, una nuevo color, una nueva forma según lo amado, odiado, sutil,
sarcástico o innecesario que fue su vista al sitio anterior, pues su realidad y
prerrogativa esta ya dicho en hacer a la gente recordar.

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