Dentro de un lugar donde olvide mis memorias, se clausura el silencio,
se adorna de pocas caricias con una
colección incesante de emociones y sensaciones, con sonidos que decoraban el
momento, armando y recolectando pedazos de felicidad, que forman un gran cielo
color vainilla, pero solo una mirada fija encontrada, inconscientemente,
palpa esa oscuridad, una distracción
abismal que se provoca a mi alrededor,
dejando que esto decolare hasta el
azulado resplandor melódico que remarca el firmamento.
Cuando deje de creer en esas palabras y abandone
mi mirada al aire, solo me deje caer sobre el suelo para hablar lo necesario y
vestir con pocos secretos las sensaciones que estuvieron allí alimentándome el
alma, no dejo de tocar con mis pies esas pisadas resonantes y mezclar los
diferentes colores del ambiente, generando
ese pequeño sonido que te llama a correr, huir detrás de ese gran sol
que se oculta. Rompiendo el flujo del viento con la cara cambiándole el sentido
para que muestre señales de que alguien jugo con él, que el sabor que tiene es
distinto y curioseé entre la neblina que trae alrededor la noche y trate de moldearla, buscando tantas voces
perdidas conjunto al calor que generaron
por tantos abrazos en cada helada, solo se reúnen sobre estas motas de color para
reposar sobre las montañas, recordarnos que estuvieron allí deseando algo mejor
y si me llegaran a preguntar cuántas sonrisas perdí, diría que solo las
guardaba para que no se me acabaran, y regalarlas a quién necesitara para
cuando me olvide.
Dejarse absorber por ese inmenso sonido de
expectativas que se condensa al parar, sentir la respiración agitada, solo ver
el rastro desmarcándose del camino de a poco manchado por la lluvia, solo
viendo las ramas de los arboles al vaivén de tu corazón latiendo, caminando más
rápido tratando de alcanzar esos últimos rayos, desubicado de abandonar la
rutina dejándome llevar por ese último recuerdo huyendo, buscando ese momento
indicado donde olvide mi soledad.

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