Disfrútenlo como lo disfrute :
Solo ese vació abandonado en el
firmamento deja la firma de un olvido que extrañamos tenuemente frente a las consecuencias
que hacia latir los colores que una vez se pintaron en el subconsciente
prometiendo eternidad y preguntado a dónde se fue.
Un lucero desvaneciéndose en la
eternidad del vacío, en la oscuridad del brillo, un cielo que no ocultaba ojos,
solo deja ráfagas que rasgan la vista,
renombrando las constelaciones y perdiéndome en el olvido de esa soledad,
que causa el reflejo de la inmensidad, esa misma inmensidad mirándome.
A veces dejando un memorial de un odio
definido a partir de mentiras con un amor dedicado al egoísmo propio, al engaño
entre palabras sueltas sin nombres. Recordatorios dejados entre una amistad que
prometió y que solo la utiliza como miedo para evitar juzgamientos ajenos. Esa
pequeña sonrisa que solía salir entre las cosquillas y juegos de abrazos que
nos amarraban todas las noches, sueños susurrados sobre sus oídos que enmarañaban canciones que prometían
cielos grises que acariciaran el frío, para amarnos entre su vaho y su manto de
exhalaciones agitadas, pidiendo un beso para recordar. Quizás un mordisco que
derrame esa pasión que desmorono miradas infinitas que sujetaban cada ser ,
prometiendo la simplicidad de abismarse por el color de su piel, de sus ojos o
por el sonido que hacía al dormir.
Pero decidió desmoronarse por su
ambición de felicidad interesada, de vacilación mutua, codicia que apacigua la
mente más inofensiva que no comprende lo que siente, revolcar entre la razón
para mandar sus sentimientos y pasmar esas sensaciones que aturdían su
alrededor que la hacían olvidar de quién era, donde conquistaba su imaginación,
donde no era abúlica.
Buscar y destruir era más que un
desafió dentro de su vida ante los demás, justificada en su acto como la
injusticia hacia la vida, como si el diablo tentándola como fiel amigo y su
soledad como sombra antipática ambivalente como su oscuro café, que bebía al
amanecer, era su ley y su religión, la
culpabilidad la debatía con supersticiones, sujetándose a sus seres amados para
ser perturbados por su amor.
Supliendo su categórica
preocupación por mi vida, ahora busco un suplicio que deje consecuencias
similares, que mate corazones, se vuelva como esa adicción, que la cortesía sea
olvidada, que primero se dé un beso y lo último que se pregunte sea su nombre, que
el calor de un abrazo no sea extrañado, que el silencio sea la mejor compañía,
que el color de nuestra imaginación sea tal vez el despertar de nuestros sueños
insulsos o quizás el sentido de consciencia apática que quería que asimilará
para encontrarnos alguna vez nuevamente y no sentir nada, que me ame así.

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