Crear entre las montañas un
pequeño sofisma que silbe una bella canción, que seduzca a la voz que la canta,
que lleve este mensaje entre palabras que juegan con la brisa y las
nubes que juegan a esconder el sol de sus colores. Me encanta inventar
cada uno de estos mundos, donde la magia de cada neblina cambia la oscuridad de
los paisajes que pinta, que se desfiguran al dormir, al dejarse arrumar en la
noche sobre cada techo pintando horizontes más allá de las estrellas.
Las veces que me gustaba tener los ojos
cerrados, solo allí tenía ese tipo de sensaciones que me estremecían, como el
susurro de tu voz, delineaba con cada mano partes de tu rostro que ya no están;
recordar esa sonrisa que casi no usabas, que solo la atabas a ese tipo de misterios que trataba de inventar, cuando buscaba algo
fuera de lo real, fuera de los besos que amargabas para la noche, añejabas abrazos
para que se sintieran más fuertes.
Sus grandes golpes
abismales de locura y desorden se desvanecen, cuanto más te necesitaba,
más lejos pareces estar, me recuerdas una canción que solía olvidar, pero mientras el silencio se hace más eterno y más
profundo, el grito más estremecedor puede ser lo que más habla cuando no se
tiene nada dentro de esta sutil inmensidad.
Intente buscar una estrella que no tuviera
nombre, que no le mintiéramos diciendo que las robaríamos, espero desconocer
aún esa terrible noche que me engañe nuevamente con mi consciencia desfasada
por el tacto de otra voz buscando amor.
Si quizás guardará algo de valor para volver a
tomar sus palabras; sentir sus brazos rodeándome, pero sus besos ya están
atados a una boca ajena, me hace falta un poquito de amor, pero creo que así
puedo dormir bien sin que se desprendiera algún atisbo de sus sueños,
nada de sus recuerdos olvidándome.

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