Un lugar donde suenan flautines
al subir por una pequeña escalera, escalando hasta más no poder, donde el
horizonte se quiebre, se perciban dos soles nacer, una sola luna dormir y aves
atadas de las alas formando una cadena infinita que no dejen ver ni su
principio, ni su fin; en este sitio las almas abandonadas navegan sobre hojas
secas que alguna vez tuvieron colores que atrapaban la vista.
Muchos de sus ojos se ven oscuros,
no buscan una realidad, hallaron una fantasía eterna sobre la cual soliviar un
pecado de felicidad, cada luz que se levante del suelo despertará un ápice de
sombras bailarinas que dejan marcas sobre los rostros perdidos.
Golpea un reflejo que no muestra
más que gotas de lluvia bailando antes de caer sobre una alfombra de personas
que no respiran el aire de discordia, donde una tarde se vuelve infinita, con el color de las nubes apagan esos últimos rayos que entran por cada
cristal, rompiendo en el pecho de una ciudad abrigada sobre serenos que silban
una melodía de fuego y colores grises arropan niños con sangre.
Si descifras el sabor del amor entre
apasionados y solitarios, surcando colores de cada susurro que se eleva sobre
la neblina que llena las calles, da ese sabor que abraza, que cubre los fríos
con abrazos, alimenta su boca con besos, desliza sus manos para que no caminen
solas, amarra su mirada para no caer sola.
Necesitando de pocos segundos con
oír unas cuantas voces que se expandan y palpiten sobre nuestro pecho que suban
y causen ardor sobre el cuello, que marquen un día y olviden odios.
Dejando los secretos de cada
pesadilla en una noche que solo sea sudor y palpitaciones rápidas, arremetidas
por una suave caricia solitaria que deja marca encima la cama, que arrincone
sobre su voz unas cuantas palabras que alivien el verdadero valor de extrañar.

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