No puedo controlar el movimiento
de las olas que intentan destruir las rocas, tampoco puedo decirle al viento
que sople sobre el mismo rostro o a los truenos que siempre rompan el sonido, solo
puedo amarrar mis manos a las tuyas, llevarte donde las nubes remarquen el
cielo más pecoso, tan saturado de copos de aire que no nos deje ver los
atardeceres y despierte a las estrellas sobre reflejos de un océano que las
quieren imitar, haciendo un duplicado perfecto, para caminar entre estas y
adivinar en que constelación se perdería cada pesadilla.
Susurros son lo que cantan las hojas al caer
sobre el agua, crujen, se sujetan a esa parte de la tierra que no quiere ser tocada
por el sol, este sitio que armamos para que fuese un lugar lleno de recuerdos y
remordimientos propios para cada edad.
Una soledad que nos invitaba a
bailar entre horas que no existían, canciones que se mezclaban sobre un paisaje
que lleva a la brisa a levantarse desde abajo del suelo, acompañarse de la
humedad de los árboles, creando abrazos infinitos.
Caminar sobre cada rayo de
amanecer llamando a las auroras a recuperar su cielo, cambiando las densidades
de los sonidos, de las palabras, de los besos al ser regalados, al ser
simplemente un espejismo de deseos que buscaron una salida al borde de un
abismo, al borde de una soledad que siempre estamos unidos a ella.
Dormir, repasando cada suceso ,
hecho y finalmente las sensaciones que estremecieron por pocos momentos a un
tiempo que no tuvo alguna relación con
el pasado o que intentará acabar nuestra monotonía propia de amar el destino
tal que se tiene, solo estrechar la caída que suicida nuestras pretensiones de
perdonar, nuestras ganas de continuar esperando ese algo.
Navegando sobre estrellas.

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