Escabullirse entre muros llenos
de mensajes que dejan las personas que creían en historias de libertad y
venganza, donde solo pueden leerse misteriosas frases buscando personas
que anhelan paraísos en lo que sobre
salgan palabras de amor, justicia sin armas y surrealismo que estalle sobre el
negro de las calles y cubra el cielo de
una gama de matices que fragmente la percepción de cada lector.
Se siente como el calor se
levanta y nos rodea cada uno de nosotros, las ventanas pierden la niebla que
las rodeaba, se pierden las palabras y siluetas de dibujos que hacían los niños
para recordar su inocencia, mientras padres olvidan detalles de felicidad y
encuentran inseguridad en cada día por un futuro que se vierte en los aposentos
del pecado.
Estas paredes se vuelven cada vez
más altas y eternas, la gente saluda sin mirar atrás, quizás buscando amistades
que despejen la vista de conversaciones innecesarias, solo preocupándose por
ser quienes mismos sean al estar entre risas y mentiras, albergando prosperidad
de éxitos y triunfos ajenos, perdiendo poco la identidad individual que
magnificaba su lealtad a la vida y al universo.
Caminatas largas que se detienen
en cada esquina, atardeces que nadie ya busca, se esconden entre torres de
espejos que solo reflejan deseos de grandeza, mientras se saborea entre líneas la
brisa que lleva el viento, fallas que desde un lado del reflejo indagaron en el
cambio que ha sucedido y trata de explicar cómo los sueños son solo
pensamientos dormidos dentro de nuestro cuerpo, sin la voluntad de hacerlos
felices por la incapacidad de siempre anhelar más, de siempre imaginar lo
surreal de cada situación.

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